Durante siglos la anatomía se describió usando eponimos que honraban a descubridores como Galeno o Vesalio. Con la creación de la Terminología Anatómica Internacional en 1998, se estableció un marco que prioriza descripciones descriptivas en latín y griego, reduciendo la ambigüedad y facilitando la traducción. Este giro estructural constituye la base sobre la que emergen las tendencias actuales, que van más allá de la simple sustitución de nombres.
En la última década, la digitalización de atlas anatómicos y la adopción de IA para generar modelos 3D han impulsado una nomenclatura más funcional, enfocada en regiones y relaciones espaciales. Simultáneamente, la comunidad científica presiona por eliminar eponimos que pueden resultar culturalmente insensibles, sustituyéndolos por términos basados en la ubicación o la función, lo que genera una oleada de actualizaciones en los curricula.